Un año sin ustedes: El eco de su amor en la distancia

Un año sin ustedes: El eco de su amor en la distancia

Ha pasado un año. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero yo prefiero pensar que el tiempo no cura, sino que nos enseña a caminar con el peso de la ausencia sin perder el equilibrio. Escribir hoy, a doce meses de su partida, ya no nace solo desde el desgarro, sino desde una paz serena que solo da el saber que, aunque sus voces se apagaron, su eco sigue retumbando en cada rincón de mi vida.

Este año me ha tocado aprender a ser familia sin sus abrazos físicos. He tenido que recordar sus consejos sin escucharlos, y sonreír al imaginar qué diría mi abuela ante mis nuevos retos o qué chiste haría mi abuelo para quitarle hierro al asunto.

El refugio de la memoria

A veces, cierro los ojos y vuelvo a Barichara. Los imagino allí, en ese monumento de la Última Cena que ellos mismos soñaron, descansando en la tierra que tanto amaron. Ese lugar ya no es solo un punto en el mapa; es mi conexión directa con el cielo. Saber que están allí, junto a sus raíces y sus ancestros, me da la certeza de que finalmente están en casa.

Durante este primer año, he entendido que:

  • La distancia es relativa: Aunque sigo lejos geográficamente, los he sentido más cerca que nunca en los momentos de silencio.
  • Su legado es mi brújula: Cada vez que elijo la paciencia, la disciplina en el trabajo (como mi abuelo en el SENA) o la generosidad (como mi abuela en sus clases), los estoy trayendo de vuelta a la vida.
  • La familia es el camino: Sigo repitiendo esa frase que quedó grabada en su morada: “La vida es corta… pero suficiente para llegar a Dios por el camino del amor a la familia”. Ahora la vivo, no solo la leo.

Las pequeñas señales

Extraño las fincas, los domingos a caballo y ese olor a campo que ellos tanto disfrutaban. Pero hoy, cuando veo un paisaje verde o escucho el silencio de la naturaleza, sé que son ellos saludándome. Ya no lloro porque se fueron (bueno, a veces sí, y está bien), sino que sonrío porque ocurrieron. Sonrío por el tablero que tumbamos con mis primos y por esa risa incontenible de mi abuelo que aún puedo escuchar si me esfuerzo un poco.

«Ustedes no son un recuerdo del pasado, son la fuerza de mi presente.»

Un compromiso eterno

Abuelitos, ha pasado un año y mi vida ha seguido cambiando, pero mi gratitud permanece intacta. Gracias por ser mis padrinos eternos, por cuidarme desde ese «lugar seguro» que ahora es el cielo. Aquí sigo, intentando honrar su nombre, cuidando mis raíces y amando a la familia con la misma intensidad con la que ustedes nos amaron.

Siguen vivos en cada decisión valiente que tomo. Siguen vivos en cada gesto de servicio al prójimo. Siguen vivos en mí.

Hasta que nos volvamos a abrazar, los sigo llevando en el alma.

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